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Mi pueblo

Existe un dicho español que dice “pueblo pequeño, infierno grande”. Cierto. Mucha gente cree que la vida en los pueblos es idílica por el contacto con la naturaleza, la solidaridad entre vecinos las fiestas populares, etc… Nada más lejos de la realidad,  la vida en un pueblo pequeño, sobre todo si no eres nativo, puede ser un auténtico infierno. 

La solidaridad pierde ante la envidia, las fiestas son un despropósito donde abundan las peleas entre familiares y amigos por rencores construidos durante los meses previos a estas fechas y que explotan en ese momento aderezado con el abuso del alcohol, imprescindible en esos días. Días también de misas y procesiones dedicadas al santo patrón o a la virgen que toque, excusa perfecta para tener barra libre en el todo vale.  

Hablo en primera persona y según mi experiencia vital. Por circunstancia familiares, me tocó crecer en un pequeño pueblo de la España profunda en los años setenta. Con la ignorancia, la fragilidad y la vulnerabilidad de una niña preadolescente originaria de una gran ciudad, tuve que enfrentarme a situaciones comprometidas y delicadas, inapropiadas para esa edad, que me marcaron para siempre.

En muchas ocasiones, vivimos una vida que no nos corresponde y que por desgracia, por muchos factores como la falta de recursos y de ayuda, o la baja autoestima, prolongamos en el tiempo sin ser conscientes de ello. No vemos en momento de huir porque tampoco es necesario hacerlo. Es cuando sales de ese tsunami y pones distancia, cuando te das cuenta por lo que has pasado. Aunque nadie te devuelve ni los años perdidos ni el sufrimiento ganado.

Muchas mujeres maltratadas por sus parejas son un gran ejemplo; se resignan a esa vida miserable y desarrollan el llamado “síndrome de Estocolmo”, una relación de complicidad con su maltratador. Es algo parecido.

Hace unos días, encontre esto por internet: “Ámate y nunca vuelvas al lugar que te hizo sentir insegura y triste, donde nunca te quisieron. Ahí no perteneces”.

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